martes 5 de enero de 2010

Obstáculos internos

Si colocamos una piedra en el transcurso de una corriente de agua, veremos como esta no vacila a la hora de rodearla, pasar por encima si tiene la fuerza suficiente, e incluso llevarla consigo si esta le sobra. Ante el obstáculo, lo natural, como nos demuestra el agua, es seguir hacia adelante.
Bien, creo que podemos aprender algo de este fenómeno.
Podemos concebir nuestra vida como un cauce, un flujo, ya que posee principio, fin, y una dirección, que como poco es temporal e irreversible.
Aquí es donde la metáfora deja de ser válida, ya que en el devenir de nuestra vida, al igual que el de los ríos, encontramos piedras, obstáculos. Los vemos venir, aproximarse a nosotros, y a pesar de que nuestra corriente de vida tenga, en la mayoría de los casos, fuerza suficiente para colisionar con cualquiera de estos sin verse afectada en demasía, la tendencia común es evitarlo, cambiar la trayectoria, y no por una mejor, sino simplemente por otra que carezca de la barrera que acaba de presentarse.
Pero aunque cambiemos de rumbo, seguirá apareciendo en el recorrido, ya que para su avance, es inevitable asimilar su presencia, y superar lo inoportuno que esta acarrea. Está avocado a repetirse, así como la corriente lo está a encontrárselo, ya que se aloja en su interior.
Un obstáculo puede darse de muchas maneras. Se muestra como algo ajeno, un inconveniente o situación desagradable, que por azar o necesidad, surge. Pero esto no es más que apariencia, ya que la causa de que una situación se nos presente como hiriente reside en nosotros mismos.
Todo individuo alberga en sí ciertas debilidades, al igual que puntos fuertes, talentos… Aquí nos centraremos solo en las debilidades. Son cuestiones en las que, casi de manera natural, tenemos cierta predisposición a fracasar, ya que nos resultan más arduas, y fallar en su consecución nos acompleja y desmotiva en mayor medida. Son generales por comunes, y particulares por individuales y subjetivas. Cada uno las vive y afronta a su manera, ya que por lo general son muy personales.
Pero por mucha subjetividad que las caracterice, no hay nada en ellas que nos niegue la posibilidad de una mínima forma común, una estructura compartida. Y de ser así, sería factible extrapolar a partir de esta un mínimo protocolo, un sencillo método de actuación, que nos señale de manera aproximativa los pasos a seguir, sea cual sea el obstáculo a afrontar.
Tengo que aclarar que aquí solo me refiero a obstáculos internos, que aunque tengan manifestaciones fuera del individuo, no deben confundirse con las adversidades ajenas a nuestro estado interior.
Aunque siempre deba estar presente, la sinceridad para con uno mismo cobra mayor importancia si cabe en los primeros momentos. Nuestro pensamiento debe lograr que la mente reconozca la flaqueza de turno.
Como primitivo método de defensa, esta tiende a excusar toda debilidad o carencia que porte, ocultándola con razones aparentemente plausibles, pero vacías de contenido. Inconscientemente pretende evitar toda responsabilidad, exculparse de toda acusación, y para ello es capaz de crear modelos de realidad que encajen con este deseo, esto es, es capaz de representar una ficción ante nuestros ojos.
Para evitar este autoengaño es necesario que, cuando se erija en nosotros un escollo de este calibre, nos surja la voluntad de autocrítica, de comenzar un análisis o juicio que no pretenda reprochar, pero si explicar. Se trata de llevar a la práctica la idea anterior, el reconocimiento de la posibilidad de que la traba se deba a un estado interno o disposición, y no al contexto que lo envuelve.
Se trata de realizar un diagnóstico, barajando posibilidades que no resultan agradables (el desagrado que estas producen nos induce a pensar que enfocar el análisis hacia ellas es un camino adecuado).
Una vez reconocido, es necesario aceptarlo. Por aceptar entiendo aquí una asimilación, posterior al desechamiento de toda connotación negativa, de cualquier matiz que haga aflorar sentimientos de culpa, vergüenza, pusilanimidad… Estos detalles son fruto de una interpretación errónea de lo reconocido previamente, por lo que es imprescindible deshacerlos en favor del proceso.
Es común que aparezca en el sujeto la idea de que esta clase de emociones solo le acontecen a él. Esto se debe a un pesimismo congénito, que perderá aquí su fuerza cuando recordemos que estos fenómenos son algo común al hombre. Sentir que una situación así aparece en nosotros es algo ineludible para todo humano, aún teniendo en cuenta la disyunción afrontar-huir (Obviamente no contemplo la opción de huir, ya que aunque sea cobarde, perjudicial y torpe, aquí parece no necesitar análisis, al ser instintiva). Debe concebirse la debilidad como un reto a superar, como algo en lo que invertir esfuerzo, cuya conquista conllevará cuantiosos beneficios.
Una vez aceptado, llegaría el momento del análisis del obstáculo en sí, atendiendo a sus causas, manifestaciones y repercusiones.
En lo relativo a las causas, no nos queda otra opción que suponer que no son innatos, y aducir que radican en experiencias personales. No es necesario hallar el momento exacto en el que surgió en nosotros esta debilidad, ya que es probable que no responda a un único evento, sino a una sucesión de estos, que la han ido gestando.
Por manifestaciones deben entenderse aquellos contextos en los que el obstáculo hace acto de presencia. El tipo de situación en el que la debilidad se manifiesta la caracteriza, nos informa acerca del modo de inseguridad o miedo al que responde.
Las repercusiones pueden recaer también sobre los que nos rodean, y su intensidad nos informa de la gravedad y urgencia del problema, dando una aproximación de la cantidad mínima de esfuerzo a dedicar, aunque sea solo como cálculo inicial.
Ya que cada obstáculo poseerá unas causas, manifestaciones y repercusiones intrínsecas a este, la vía para superarlo será también específica. De ahí la dificultad de hablar de ellos sin entrar en ninguno en concreto.
Las causas deben ser reflexionadas, y sus detalles depurados, para lograr un análisis de la situación, y de lo que esta supuso para nosotros. Calificar el grado de impacto y asimilarlo, hacerlo nuestro. Las manifestaciones son el campo de acción, suponen el contexto real en el que, dotados con las armas aportadas por la reflexión, deben ser afrontados los obstáculos. Aquí es donde el trabajo teórico debe dar sus frutos. Las repercusiones no son más que el eco que dejan en nosotros las manifestaciones, cómo nos afecta esta dolencia, aunque se encuentre en una etapa pasiva.

Durante todo el proceso que queda tras nosotros, el obstáculo ha dejado de ser abstracto, ya que cada paso nos ha permitido profundizar en él, caracterizándolo. Todos los matices extraídos nos ofrecen un conocimiento más que suficiente como para saber destruirlo. Tras esto, solo el empeño, la disciplina y la voluntad de mejorarnos nos llevarán al éxito.

El camino de la superación no suele ser fácil, pero toda revolución personal que pretenda llegar a buen puerto debe comenzar en nuestro interior.

miércoles 29 de julio de 2009

Perder el tiempo

En ocasiones, nos encontramos sumidos en estados de apatía, en los que nos dedicamos a no hacer nada, a perder el tiempo. El listado de tareas y obligaciones que nos aguarda nos choca tanto que preferimos no enfrentarnos a él, mientras que a éste se le suman otras tantas, aumentando la presión. La desgana hace que la situación sea cada vez más envolvente.
Es una tendencia al vacío que tiene como objetivo huir de toda actividad. Pero queriendo huir del paso del tiempo, lo que se consigue es perderlo, ya que no lo evitamos, simplemente lo desperdiciamos. Un intento frustrado de abstracción, cuyo propósito consiste en escapar de la realidad, quedando ésta limitada a la mera omisión de acciones.
El problema surge cuando ésta situación nos atrapa, y ante la diversidad de cosas por hacer, nos vemos incapacitados para ejecutarlas. Es la facultad de aprisionar lo que vuelve peligrosa a esta sensación.
Bien es cierto que hay momentos en los que alejarse de todo puede ser beneficioso, pero solo si este tiempo se utiliza para uno mismo. En muchas ocasiones necesitamos frenar nuestra vida, su ritmo, para relajarnos y estar con nosotros mismos. La introspección nunca está de más.
Pero la complicación surge cuando, no ejerciendo la reflexión o el simple descanso mental, nos mantenemos en un estado pasivo, sin hallar la manera de volver a nuestra vida, pero conscientes de la necesidad de hacerlo.
La inacción, si no se utiliza para la introspección, conlleva un riesgo altísimo de llevarnos a la apatía.
Cuando el descanso en general se torna perder el tiempo, deja de cumplir su función. Sin embargo nos aporta un dato, que aunque ambiguo, es importante. Nos informa de un matiz de nuestra situación actual, nos dice que algo de ésta nos desagrada, y por ello no queremos o no podemos retomarla.
Esta pasividad se asienta con la ingenua intención de que todo lo que nos acontece pase de largo, pierda su magnitud y nos permita continuar con una vida libre de tensiones.
Pero los problemas, como todo, se extienden en el tiempo, e ignorarlos no solo no hace que se diluyan, sino que los fortalece. Dar la espalda a una cuestión problemática no la soluciona, la desata.
Querer escapar es un deseo muy primario, pero carente de racionalidad y lucidez.
No querer volver a nuestra vida, pero llegados a cierto punto, no querer permanecer en esa situación, nos provoca desagrado. Solemos utilizar ciertos métodos individuales que nos permiten alargar esta ocupación sin objetivo (fumar, comer, ver la tele…), pero tan solo son paliativos, que como tales se anulan al poco de usarse.
Llega un momento en el que es imposible ocultar más la necesidad de reactivarnos, de retomar el curso de nuestra vida.
El tiempo es uno de los bienes más valiosos y equitativamente repartidos, en cuya superficie se ampara nuestra existencia. Somos seres finitos, y como tales, es absurdo que tratemos de alejarnos y evitar una de nuestras mayores riquezas, el momento actual que vivimos. Espacio y tiempo son los márgenes de todo cuanto conocemos, no algo de lo que huir, ya que hagamos lo que hagamos, nos encontraremos en un momento y lugar concreto. Nuestra mortalidad añade un aliciente más al ya de por sí emocionante panorama, ya que de ella se deduce que la sucesión de momentos que presenciamos un día llegará a su fin.
El tiempo es inmensidad, y vacío. Este vacío es su mayor virtud, ya que está en constante renovación. Cada segundo vivido, pasa a formar parte del pasado, desaparece, quedando de éste solo la huella que desprendió en nosotros, dejando en su lugar un nuevo segundo en el que existir.
La oquedad del tiempo nos permite expandirnos en él. No nos obliga a nada, y nos permite todo. Debemos sentirnos abrumados por la infinidad de posibilidades que nos ofrece, la multitud de variables en las que desarrollar nuestras vivencias, y nunca dejar que la indecisión nos lleve a la inacción.
Cuando nos encontremos dentro de esta nulidad pasiva, la conciencia de lo erróneo de ésta debe suponer la primera porción de una voluntad de activación, de despertar, de regreso.
No existe, o al menos no conozco, una solución total a esta situación, como suele ocurrir en estos temas. Tampoco creo que debamos buscarla, ya que la complejidad humana nos deja claro que toda supuesta solución infalible no tardará en desenmascararse como un paliativo más, que nos alejará de la solución.
Quizá en este problema debería enfocarse la salida como algo dinámico, en el que cada mínimo movimiento posibilita y promueve el siguiente, que siempre será de mayor envergadura. En un primer momento, una vez que la conciencia de la necesidad de cambio se ha manifestado, debemos apelar a la obligación de realizar la más mínima tarea. Es imprescindible, ya que el hecho de llevar a cabo algo tan insulso, rompe momentáneamente con la nulidad pasiva. De continuar esta actividad, o enlazarla con otra, comenzaríamos a ver el derrumbamiento de las circunstancias que nos retenían.
Así sucesivamente conseguiremos que nuestra actitud logre la fortaleza necesaria como para poder disolver los motivos que antes se teñían de obstáculos.

El tiempo es un lienzo en blanco, su neutralidad nos permite dar los trazos del presente a nuestro antojo.

El tiempo está en nuestras manos, no lo dejemos escapar

lunes 6 de abril de 2009

Incompletos

La gran diferencia entre humanos y animales es la sociabilidad. El hombre es un ser prácticamente sin instintos, incapaz de configurarse como tal en soledad. Por ello, necesita de los otros para existir en todas sus posibilidades.
En cada individuo se produce un choque entre deseos enfocados a uno mismo, y deseos enfocados a los otros. Nos guste o no, esta es una contradicción que nos constituye y define. Querer estar a solas, y a la vez compartir nuestra vida con los demás es una situación con la que es difícil convivir. Necesitamos nuestro espacio, un rincón, físico o no, donde nadie pueda entrar, en el que podamos aislarnos de todo. Pero llegado a cierto punto, esta situación puede resultarnos asfixiante, en el momento mismo en que nuestro impulso social exige ser alimentado.
Nos refugiamos del exterior, pero nos alimentamos de él.
No es agradable pensar que nuestra felicidad no recae solo en nosotros mismos, aceptar que tenemos cierto grado de dependencia con los demás. Es algo que la existencia nos ha demostrado, pero que quizá no hayamos querido ver, concibiendo a los otros como proveedores de servicios y beneficios de obligado trato, y creyendo que solo en nosotros mismos hallaríamos la paz. Somos seres incompletos, y nuestra tarea es buscar la felicidad partiendo de la aceptación de esta situación, no de la oposición a ella.
Más allá de exigencias sociales o biológicas, todo individuo necesita relacionarse, sea cual sea el tipo de relación. En nosotros se hallan diferentes cuestiones que necesitan ser tratadas, aquellas que dan como resultado amistades y amores. Es por esto que creemos que todo va bien, cuando nos sentimos arropados por aquellos que nos importan.
Pero por supuesto este es un fenómeno con dos caras, como no podía ser de otra manera en algo relativo a lo humano.
Nuestros miedos y complejos dan lugar a la creación de una máscara, una imagen personal que proyectamos hacia los demás. Lo que queremos que los otros vean en nosotros. La razón de esto la encontramos en que en nuestro interior hay ciertas cosas que no queremos que los demás perciban. Supuestas oscuridades que llegamos a ocultar a nosotros mismos, y que por ningún motivo queremos que el otro conozca. Nos horroriza la idea de que nos juzguen a través de estos, que capten nuestra debilidad, y que por ello nos ignoren, o nos ridiculicen.
Esta lucha entre la necesidad de mostrarse y el miedo a ser visto es lo que torpedea toda relación. Todos compartimos un vacío que solo puede ser alimentado por otros. Entonces, ¿Por qué seguimos enmascarándonos?
Tanto malas experiencias como complejos infundados propician en nosotros un sentimiento de inferioridad, que perpetúa la creencia de que portamos ciertas cosas que deben ser ocultadas, pensando que de ver la luz, dinamitarían nuestras relaciones sociales, provocando el rechazo de los nuestros.
Es cierto que si alguien decidiera, en la medida de lo posible, desenmascararse, podría recibir a cambio el temido rechazo del otro, que ante la perspectiva de dejarse ver, prefiriera mirar hacia otro lado, dejando que las cosas siguieran como hasta ahora, mostrando de sí solo lo socialmente aceptable.
Pero conocer un segmento de alguien de por sí ya sesgado, no es gran cosa ¿no?
Utilizarnos como meros objetos que se aprueban entre sí, a la larga, solo supone un aislamiento mayor.
Imaginemos por un momento que dos personas deciden, de manera individual, vencer u obviar su miedo al rechazo, y mostrarse, tomando al otro no como un medio, sino como un fin en sí mismo. Claro está que en el proceso uno de ellos podría desfallecer y rendirse, retrayéndose de nuevo.
Pero si esto no ocurriera, si ambos sujetos comenzaran la larga travesía del conocimiento mutuo, liberándose de todo impulso juzgador, fascinándose entre sí, sería entonces cuando el entramado de la intersubjetividad emergería entre ambos, premiándoles con sensaciones que ningún otro sucedáneo humano podría haber simulado. No solo se reconocerían, sino que se entenderían, el cómo y en qué grado lo hicieran ya sería una cuestión privada.
A diario topamos con multitud de individuos que nos resultan indiferentes, a sabiendas de que con algunos de ellos podemos compartir una afinidad que no se muestre a simple vista. Algunas personas merecen que corramos el riesgo de que nuestros temores se realicen, ya que si la interconexión se produce, podemos encontrar en ellos un fuerte afecto, conocimiento… del que nos nutrimos, aportándoselo a ellos también. Y todo esto de manera desinteresada.

Quién sabe, quizá, y aunque solo sea por un corto período de tiempo, logremos sentirnos completos.

Apostad por las personas

sábado 14 de marzo de 2009

Introspección

Desde que nos levantamos, y hasta que nos acostamos, estamos inmersos en actividades. Para cada momento del día hay una tarea que llevar a cabo. Desde las más básicas y comunes hasta las más complejas y específicas, todas ellas ocupan la totalidad de nuestro tiempo.
Nuestra consciencia se centra en ellas, y en nada más. De no estar realizando una en el presente, enfocamos nuestra atención a la próxima, y la esperamos. Cuando ésta llega, la realizamos, pero a su vez estamos pendientes de la siguiente. Esta es la consecución de nuestros días, saltar de una tarea a otra, realizando una y esperando la posterior, hasta el fin del día, cuando observamos las que llegarán tras el amanecer, o incluso antes.
Nos pasamos la vida esperando a esperar.
La concepción más extendida de la vida se resume a eso, a ir de un lado para otro, actuar por actuar, ya que sin nada que hacer, nos sentimos en la más profunda de las ambigüedades. Tememos el vacío, ya que en él perdemos nuestra identidad. En la nada, no somos nadie. Comúnmente se dice que somos lo que hacemos, y que una persona se define por sus actos, pero:
¿Cómo va a definirse una persona, si ni siquiera sabe quién es?
En el día a día creamos un orden artificial, una rutina, que aporta un sentido a nuestra vida, motivos y objetivos, algo que hacer. Un proceso en el que pretendemos identificarnos en nuestros actos, vaciándonos en ellos, ansiando vernos reflejados. Paulatinamente nos dejamos llevar por la corriente que éstos crean, un flujo que nos aleja de nosotros mismos.
La prueba de esto la encontramos en la angustia que nos provocan los momentos vacíos, espacios de indecisión en los que no sabemos en qué invertir nuestro tiempo, y para los que la respuesta más inmediata es la distracción. Entretener nuestra mente, para que no sienta la ausencia de sentido del instante que está viviendo, mientras busca otra función que realizar.
Pero en ese escapar de lo que nos aflige, en esa búsqueda de algo que nos calme, nos sentimos más y más apesadumbrados, desconsolados por una solución que nunca lo fue, y que ahora ni siquiera logra despistar nuestro malestar. Evadirnos del vacío existencial que nos agrede solo aumenta sus proporciones. En el acto de escabullirnos, está la causa de este sufrimiento, ya que nos alejamos de la solución, esto es, huimos de nosotros mismos.
Esta amargura es proyectada hacia todo lo que nos rodea, tanto hechos como personas, el entorno al completo. Nos vemos como el centro de una circunferencia en la que la totalidad de su superficie nos perjudica y agrede.
Es una situación de la que somos totalmente culpables, ya que aunque en sus comienzos pasó inadvertida, pudo asentarse gracias a nuestra cobardía y victimismo, al ser más fácil culpar de manera instintiva, que reconocer que nuestra actitud es el factor principal que nos condena.
Es complicado salir de esta dinámica, en el sentido en que la mente ha sido moldeada por nuestro ritmo de vida, registrando los rasgos básicos de cada percepción, sin profundizar en ninguno de ellos. Pero que no conozcamos su intensidad, no significa que esta no exista.
Si nos sentimos mal cuando no estamos haciendo nada, es porque en ese vacío nos topamos con algo que no queremos afrontar. Nos encontramos con nuestro ser.
En primer lugar debemos darnos cuenta de que el acto mismo de “no hacer nada” ya es hacer algo. Es más, se trata de la actividad más lúcida de todas, ya que al estar libre de toda pretensión, deja fluir nuestro pensamiento, dando lugar a cavilaciones de gran relevancia.
Para acabar con este ahogo debemos ir a su origen, nuestro interior. Salir de esta tendencia alienante, escapar de nuestros quehaceres con la única finalidad de estar con nosotros mismos. Esta abstracción supondrá una perspectiva general de la supuesta problemática que nos rodea, conflictos que perderán su intensidad progresivamente, surgiendo a su vez las posibles soluciones, que se mostraran con certeza y sencillez.
Una vez que las aparentes complicaciones han delatado su trivialidad, se divisará el camino de la introspección, la posibilidad de lanzar una mirada a nuestro yo. Surgirán inquietudes, deseos, miedos… características de nuestra existencia, que veremos reflejadas en un espejo imaginario. Quizá pueda ser una experiencia dura, pero la recompensa merece el sacrifico. El conocimiento personal nos muestra el sendero de la lucidez vivencial, siendo ésta garantía de equilibrio y bienestar.

Basta ya de excusas cobardes y reproches absurdos, regalémonos aquello que merecemos y necesitamos por encima de todo: La sinceridad con nosotros mismos.

Mirémonos al espejo

viernes 6 de febrero de 2009

Asimilando el miedo

El miedo es la impresión sugestiva producida por ciertas condiciones futuras indeseadas, la percepción de una porción del dolor que quizá porte aquello que está por venir. Es este un sentimiento común, compartido por todos, en mayor o menor medida. Tememos aquello que desconocemos, y si hay algo que desconocemos más que nada, eso es el futuro, allí donde el miedo toma su forma.
Al pasado apelamos con nuestra memoria, siendo ésta la que trae a conciencia la tormenta de sensaciones que conforman las experiencias pasadas, rasguños de aquello que sucedió, y cuya huella latente se aloja aún en nosotros, aunque cada vez con menos fuerza. De nada sirve basar nuestra vida en recuerdos, ya que éstos tan solo son ecos, que aunque presentes, se disipan lentamente.
En ocasiones intentamos escudriñar el futuro, aferrándonos a probabilidades, a lo posible, reconstruyendo lo que nos parece más coherente, más creíble. Sin embargo, no es más que un vano intento por captar aquello que es imposible conocer, porque aún no ha ocurrido. El futuro es la ausencia misma, un vacío que queremos completar, y al no poder, lo imaginamos, creando así una concepción de éste totalmente inventada. Recreamos en nuestra mente lo bueno y lo malo que podría acontecer, reflexionando acerca de lo que supondría, basando así nuestra estabilidad en proyecciones mentales enfocadas al futuro, dependiendo nuestra felicidad del azar, y no de nosotros mismos.
De este cálculo surge tanto la esperanza como el miedo, creaciones de nuestro intelecto, plasmaciones de nuestros deseos y temores, cuya única utilidad es señalarnos qué valoramos, aquello a lo que otorgamos más valor, qué es más importante para nosotros. Interpretar y apreciar tales sentimientos es el regalo que estas sensaciones nos otorgan, su única función productiva.
Dejamos que el pesimismo nos lleve, siendo esto, de cara a los hechos, lógicamente absurdo. La esperanza, aunque sea un sentimiento positivo, nos induce a sentir como logrado o cercano algo que está lejos de ser así. Pero, como es habitual en el ser humano, la negatividad tiene consecuencias más duras. El miedo nos hace temer algo inexistente, coarta nuestras acciones, que en vez de ser libres, actúan bajo su yugo, limitando cada uno de nuestros pasos, robándonos el brillo de cada momento, que pasa inadvertido ante la contemplación de un mal que según creemos, nos acecha.
Evitar todo temor es el objetivo principal. La supresión del miedo pasa por el conocimiento de su naturaleza, cuyos rasgos he intentado señalar, esto es, que al igual que la esperanza, no es más que una ilusión mental. Comprender su origen supone entender su insignificancia, dejando la veda abierta para su posterior aniquilación. Es inútil centrar nuestra atención hacia el pasado o el futuro, por lo que solo nos queda el presente. El ajuste de la conciencia al presente es la vía para no necesitar nada más.

El presente se crea y desvanece cada segundo, y ese debe ser nuestro horizonte de sentido, lo que estamos viviendo, en el preciso instante en el que lo vivimos. No debe importarnos nada más, porque en realidad, no hay más.

miércoles 17 de diciembre de 2008

La soledad

Concibo la soledad como la conciencia de la distancia existente entre el sujeto, y todo lo demás, algo inherente al hombre. Una realidad inexorable en cada ser humano, aunque no se manifieste de igual manera en todos ellos. Desde que nuestra vida da comienzo está vigente, y jamás nos abandona. Se nos presenta como evidente, al ser claramente reconocible, pero compleja, al mostrar diferentes facetas en la diversidad de sus manifestaciones.
La soledad puede ser una herramienta para todo aquel que sepa manejarla, ya que nos proporciona calma e intimidad, nos sitúa ante nosotros mismos. Esto facilita que nuestros sentimientos e inquietudes más profundas salgan a la luz, permitiendo que sean alimentadas y provocándonos un estado de autoconocimiento que no podría haberse dado de otro modo. Además la soledad nos muestra la prioridad de valernos por nosotros mismos, mostrándonos de manera demoledora que en todos y cada uno de los momentos de nuestra vida, si miramos objetivamente a nuestro alrededor, estamos irremediablemente solos. En el mejor de los casos esto se nos presenta como naturaleza humana, y nos hace percatarnos de la necesidad de forjarnos una voluntad férrea a la hora de hacernos a nosotros mismos y encargarnos de mantener la firmeza en aquellos momentos de debilidad, ya que si no nos ocupamos nosotros, nadie podrá hacerlo.
Esto no significa que la ayuda y apoyo proporcionados por aquellas personas con las que compartimos un afecto mutuo sea inútil, pero señala que lo es en el caso de que no poseamos la intención de ayudarnos, dejarnos ayudar, y en definitiva, no hundirnos.
Pero la soledad tiene dos caras, y aunque antes he intentado mostrar que una de ellas es beneficiosa, esta no es la más común, ya que precisa tener conciencia de las posibilidades que plantea, y saber utilizarlas a nuestro favor.
Su otra cara se manifiesta más, y es más rica en sensaciones, aunque sean negativas. Su presencia implica la desolación del individuo, ya que al contrario de mostrarle la obligación de equiparse para la vida, lo lleva a centrarse en la sensación de abandono, en la ausencia de un apoyo que nos comprenda, nos quiera, y sobre todo, no nos juzgue. Provoca y contiene sufrimiento, del que no hablaré aquí. El dolor que provoca es contraproducente, ya que en vez de provocar una acción de concienciación o acercamiento a los demás, desemboca en un alejamiento aún mayor, lo que supone que cuanto más solo se siente uno, más sufre, y soledad y sufrimiento entran en un bucle en el que se retroalimentan, y cuanto más se desenvuelve este, más cuesta frenarlo.

En definitiva, la soledad es una característica humana con raíces naturales y sociales. Un fenómeno interior cargado de vivacidad y devastación, ante el que solo la disposición de nuestra actitud determinará si nos vigoriza, o nos atormenta.

Suerte con ella

viernes 5 de diciembre de 2008

Buscar la vida

Nos hemos perdido. Centramos nuestra atención en temas superfluos, y los elevamos al nivel de problemas. Buscamos a nuestro alrededor en busca de la solución, y cuando creemos haberla encontrado, esta trae consigo otras implicaciones que tachamos de negativas, y nos hundimos, día a día, acción tras acción, nos alejamos de nosotros mismos.
Cuantas veces nos han preguntado en nuestra infancia ¿Y tu, que quieres ser de mayor? A esta pregunta solía seguirle una respuesta ilusa, errónea y corrompida, que hablaba de profesiones (policías, médicos y abogados) y de falsos ideales (hacer el bien, salvar vidas, defender inocentes). He de reconocer que en su momento yo también caí en esta dinámica decadente, pero ahora lo tengo claro. Yo, de mayor, quiero ser feliz.
En todos y cada uno de los rincones de nuestra sociedad se halla un mensaje claro, una misión para todo ser humano que quiera ser digno de respeto. Estudia, busca un trabajo, adquiere propiedades y dedica tu vida a mantener y perfeccionar dichos elementos. Estos estatutos no están escritos en ningún libro de leyes, peor aún, están grabados a fuego en nuestra mente desde que empezamos a interactuar con el entorno en nuestros primeros años. Es la oferta con mayor publicidad y extensión jamás imaginada, una oferta que no trata de persuadirnos, puesto que ya lo logró antes incluso de que naciéramos, una oferta sin contraoferta, algo que nosotros mismos creamos, pero que hace mucho que escapó de nuestro control, y logró dominarnos.
No seré yo el que intente definir la felicidad, ya que creo que es un concepto demasiado abstracto y subjetivo como para abarcarlo con un golpe de pensamiento, ni tampoco estoy en condiciones óptimas para señalar donde encontrarla. Sin embargo si se donde no encontrarla, que camino no seguir para hallarla. Ese camino es el que sin reflexión alguna transcurre la sociedad.
En los tiempos que corren, en el que el ritmo de vida nos lleva casi de manera inconsciente, es difícil pararse un momento para reflexionar. Para aquellos que lo logran la visión es aterradora, sentir que uno no hace lo que debe es duro, pero no saber que hacer es peor aún.
Esto no es una apología de la desobediencia civil, o acaso un enaltecimiento del ideal anárquico, para nada, ya que ambas tienen sus inconvenientes, y en cuanto movimientos sociales, acaban por corromperse. Es esta una humilde invitación a la reflexión, privada y libre en la medida de lo posible, acerca de nosotros mismos.
La solución a este alejamiento de lo que nos hace humanos no es hacer lo contrario de lo que la sociedad manda. Pero sí afirmarnos como individuo y no tanto como ciudadano. Cuestionar las motivaciones de nuestros actos, en todos sus ámbitos y consecuencias, y ver si son propias o impuestas. Esta es una tarea larga y fatigosa, pero hasta el momento no ha venido a mi mente un método mejor.
La llave que abre las puertas de la felicidad es la lucidez de acción, saber en cada momento que estamos haciendo, porque lo estamos haciendo y cuales serán sus consecuencias. No mirar hacia otro lado. Agarrar las riendas de nuestra existencia y conducirla por aquellos caminos que consideremos oportunos.

Gracias y bienvenidos.