El miedo es la impresión sugestiva producida por ciertas condiciones futuras indeseadas, la percepción de una porción del dolor que quizá porte aquello que está por venir. Es este un sentimiento común, compartido por todos, en mayor o menor medida. Tememos aquello que desconocemos, y si hay algo que desconocemos más que nada, eso es el futuro, allí donde el miedo toma su forma.Al pasado apelamos con nuestra memoria, siendo ésta la que trae a conciencia la tormenta de sensaciones que conforman las experiencias pasadas, rasguños de aquello que sucedió, y cuya huella latente se aloja aún en nosotros, aunque cada vez con menos fuerza. De nada sirve basar nuestra vida en recuerdos, ya que éstos tan solo son ecos, que aunque presentes, se disipan lentamente.
En ocasiones intentamos escudriñar el futuro, aferrándonos a probabilidades, a lo posible, reconstruyendo lo que nos parece más coherente, más creíble. Sin embargo, no es más que un vano intento por captar aquello que es imposible conocer, porque aún no ha ocurrido. El futuro es la ausencia misma, un vacío que queremos completar, y al no poder, lo imaginamos, creando así una concepción de éste totalmente inventada. Recreamos en nuestra mente lo bueno y lo malo que podría acontecer, reflexionando acerca de lo que supondría, basando así nuestra estabilidad en proyecciones mentales enfocadas al futuro, dependiendo nuestra felicidad del azar, y no de nosotros mismos.
De este cálculo surge tanto la esperanza como el miedo, creaciones de nuestro intelecto, plasmaciones de nuestros deseos y temores, cuya única utilidad es señalarnos qué valoramos, aquello a lo que otorgamos más valor, qué es más importante para nosotros. Interpretar y apreciar tales sentimientos es el regalo que estas sensaciones nos otorgan, su única función productiva.
Dejamos que el pesimismo nos lleve, siendo esto, de cara a los hechos, lógicamente absurdo. La esperanza, aunque sea un sentimiento positivo, nos induce a sentir como logrado o cercano algo que está lejos de ser así. Pero, como es habitual en el ser humano, la negatividad tiene consecuencias más duras. El miedo nos hace temer algo inexistente, coarta nuestras acciones, que en vez de ser libres, actúan bajo su yugo, limitando cada uno de nuestros pasos, robándonos el brillo de cada momento, que pasa inadvertido ante la contemplación de un mal que según creemos, nos acecha.
Evitar todo temor es el objetivo principal. La supresión del miedo pasa por el conocimiento de su naturaleza, cuyos rasgos he intentado señalar, esto es, que al igual que la esperanza, no es más que una ilusión mental. Comprender su origen supone entender su insignificancia, dejando la veda abierta para su posterior aniquilación. Es inútil centrar nuestra atención hacia el pasado o el futuro, por lo que solo nos queda el presente. El ajuste de la conciencia al presente es la vía para no necesitar nada más.
El presente se crea y desvanece cada segundo, y ese debe ser nuestro horizonte de sentido, lo que estamos viviendo, en el preciso instante en el que lo vivimos. No debe importarnos nada más, porque en realidad, no hay más.