Concibo la soledad como la conciencia de la distancia existente entre el sujeto, y todo lo demás, algo inherente al hombre. Una realidad inexorable en cada ser humano, aunque no se manifieste de igual manera en todos ellos. Desde que nuestra vida da comienzo está vigente, y jamás nos abandona. Se nos presenta como evidente, al ser claramente reconocible, pero compleja, al mostrar diferentes facetas en la diversidad de sus manifestaciones.La soledad puede ser una herramienta para todo aquel que sepa manejarla, ya que nos proporciona calma e intimidad, nos sitúa ante nosotros mismos. Esto facilita que nuestros sentimientos e inquietudes más profundas salgan a la luz, permitiendo que sean alimentadas y provocándonos un estado de autoconocimiento que no podría haberse dado de otro modo. Además la soledad nos muestra la prioridad de valernos por nosotros mismos, mostrándonos de manera demoledora que en todos y cada uno de los momentos de nuestra vida, si miramos objetivamente a nuestro alrededor, estamos irremediablemente solos.
En el mejor de los casos esto se nos presenta como naturaleza humana, y nos hace percatarnos de la necesidad de forjarnos una voluntad férrea a la hora de hacernos a nosotros mismos y encargarnos de mantener la firmeza en aquellos momentos de debilidad, ya que si no nos ocupamos nosotros, nadie podrá hacerlo.
Esto no significa que la ayuda y apoyo proporcionados por aquellas personas con las que compartimos un afecto mutuo sea inútil, pero señala que lo es en el caso de que no poseamos la intención de ayudarnos, dejarnos ayudar, y en definitiva, no hundirnos.
Pero la soledad tiene dos caras, y aunque antes he intentado mostrar que una de ellas es beneficiosa, esta no es la más común, ya que precisa tener conciencia de las posibilidades que plantea, y saber utilizarlas a nuestro favor.
Su otra cara se manifiesta más, y es más rica en sensaciones, aunque sean negativas. Su presencia implica la desolación del individuo, ya que al contrario de mostrarle la obligación de equiparse para la vida, lo lleva a centrarse en la sensación de abandono, en la ausencia de un apoyo que nos comprenda, nos quiera, y sobre todo, no nos juzgue. Provoca y contiene sufrimiento, del que no hablaré aquí. El dolor que provoca es contraproducente, ya que en vez de provocar una acción de concienciación o acercamiento a los demás, desemboca en un alejamiento aún mayor, lo que supone que cuanto más solo se siente uno, más sufre, y soledad y sufrimiento entran en un bucle en el que se retroalimentan, y cuanto más se desenvuelve este, más cuesta frenarlo.
En definitiva, la soledad es una característica humana con raíces naturales y sociales. Un fenómeno interior cargado de vivacidad y devastación, ante el que solo la disposición de nuestra actitud determinará si nos vigoriza, o nos atormenta.
Suerte con ella